Cinco años después de su exitoso trabajo ‘Currents’, Tame Impala lanza ‘The Slow Rush’, un disco contemplativo en el que Kevin Parker ratifica su buen momento como productor y compositor.

Si hay un común denominador en la música popular contemporánea, tan diversa e inclasificable, es su incesante capacidad de aprovechar el pasado para darle nuevos significados, nuevos rumbos. Desde mediados de la década de los setenta, técnicas como el pastiche, el collage, el remix, el sampling y el cover han sido pilares sobre los que se ha construido buena parte de nuestro acervo musical reciente. Géneros enteros como el rap o la electrónica son inconcebibles fuera de estas dinámicas de apropiación y reescritura.

Kevin Parker, el prodigioso músico detrás de la agrupación de un solo hombre Tame Impala ha entendido mejor que nadie ese vínculo creativo con la tradición musical y lo ha demostrado con creces en su corta pero significativa trayectoria musical: desde su debut Innerspeaker (2010) hasta su más reciente trabajo, The Slow Rush (2020). Aprovechando sus habilidades como productor y arreglista, Parker ha sabido crear una propuesta de rock sicodélico con elementos de la música disco, el house, el soft rock, el synth pop, el shoegaze, entre otros: canciones de atmósfera retro pero con una indiscutible proyección pop. Como muchos otros músicos de la última década, ha hecho de la nostalgia un asunto creativo.

Es precisamente esta especie de síntesis de elementos provenientes de distintos géneros y estilos lo que caracteriza a The Slow Rush, cuarto disco de estudio y el primero publicado luego del súbito reconocimiento que tuvo la banda luego de Currents (2015), salto a la fama que llevó a Parker a ser el headliner del Coachella y a ser versionado por Rihanna. Con atmósferas esencialmente tranquilas, de sicodelia contemplativa, los temas de The Slow Rush se mueven entre la sofisticación vocal y melódica del yacht rock y la cadencia rítmica de la electrónica más chill, del italo disco al french house. Es como si Daft Punk se cruzara con Barry Gibb para grabar una versión de “Stayin’ Alive”. Capas y capas de sonidos que muestran el trabajo metódico de un productor maduro que sabe bien que el estudio de grabación es un instrumento más.

A diferencia de sus trabajos anteriores, en The Slow Rush no hay temas que se destaquen de inmediato como ganchos comerciales. Al contrario, se siente como un disco de vocación más ambient sin llegar a ser irrelevante. Si bien en temas como “Borderline” y “Lost in Yesterday”, los singles promocionales del disco, hay una idea melódica que atrapa a la primera escucha, el resto del disco demanda una mayor atención. El menor protagonismo que tienen las guitarras contribuye a ese carácter de viaje sonoro que se va desplegando a cada escucha; no el golpe contundente de pop psicodélico de singles anteriores como “Elephant” o “Let it Happen”. Se trata de un músico en su mejor momento, rindiendo tributo a la música que disfruta escuchar y, por supuesto, crear: temas suaves que evocan un viaje entre la electrónica, el groovy disco al estilo de Chic, la psicodelia Beatle y el rock azucarado de Supertramp. No está creando nada nuevo, pero su dominio de la tecnología le permite actualizar la música de los setentas en un lúcido ejercicio de arqueología sonora.

Paradójicamente, el disco más personal de Kevin Parker es el que pone en evidencia su talón de Aquiles: la ocasional ligereza de sus letras. Aparte de “Posthumous Forgiveness”, homenaje a su padre fallecido que se revela como uno de los puntos más altos del disco, la búsqueda personal de este músico se muestra más interesante en la creación de melodías y texturas que en el plano lírico. “Breathe Deeper”, por ejemplo, es una canción en el que los lugares comunes y las reflexiones obvias abundan. Los vínculos humanos, el paso del tiempo y la nostalgia, motivos sobre los que canta en varios de los temas, parecen mejor tratados cuando sus melodías y capas de sonido nos remiten al pasado para reinterpretar el presente musical y no tanto cuando insiste sobre ellos con frases del tipo: “If you need someone to tell you that you‘re special, I can / Believe me, I can, believe me, I can”. Más allá de esto, la voz de Parker, llena de falsetes y registros altos, a medio camino entre John Lennon y Roger Hodgson, se mantiene en buena forma y se amolda a las texturas delicadamente construidas en un proceso de producción en el que se ha cuidado de cada detalle.

Kevin Parker trabaja como un productor de rap, mezclando y superponiendo sonoridades y haciendo síntesis permanente entre los elementos. La diferencia con sus héroes del rap es que no usa samples. Al contrario, crea los beats y secuencias que otros quieren samplear. No es gratuito que haya trabajado de cerca con Kanye West o Travis Scott. Sin ser su mejor trabajo, The Slow Rush es un paso firme luego de un lapso de silencio considerable. Antes que dejarse presionar por el éxito de su trabajo anterior, Parker decide sentarse a contemplar su trayectoria musical. 

Cinco años pueden ser mucho tiempo en el mundo de la música y parece que Tame Impala quiere conjurar esta ausencia con actitud reflexiva y serena: la prisa lenta de la que habla el título. Por otro lado, sigue explorando con libertad la indefinición y el eclecticismo que parecen ser los únicos rasgos evidentes en el rock contemporáneo. Lo único que queda por ver es si este disco es un intento por mantenerse relevante a través de un repaso de las ideas desarrolladas hasta aquí, o si puede leerse como una síntesis de un proyecto que ha cumplido su ciclo.

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